Corría el año 1991 y Billy volvía por fin a Inglaterra después de un viaje agotador recorriendo las entrañas de Kenia mientras realizaba el reportaje fotográfico que debía afianzarle como uno de los fotógrafos importantes dentro del organigrama de su agencia, los inicios siempre son duros y en su profesión más aún.
Adormilado dentro del avión se encontraba con esa mezcla de sensaciones agridulces que terminan revolviéndote el estómago. Agitación pensando que había hecho un buen trabajo. Cansancio, mucho cansancio; e incertidumbre, la incertidumbre de ese trabajo que crees bien hecho pero que depende del juicio subjetivo de Mike. Aún hoy recuerda Billy cómo tuvo que suplicar a Mike para que le asignara ese viaje a Kenia y todavía le cuesta reconocer que no fue allí porque fuera mejor que sus compañeros, fue allí porque era amigo de Mike y no supo decirle que no.
Adormilado dentro del avión se encontraba con esa mezcla de sensaciones agridulces que terminan revolviéndote el estómago. Agitación pensando que había hecho un buen trabajo. Cansancio, mucho cansancio; e incertidumbre, la incertidumbre de ese trabajo que crees bien hecho pero que depende del juicio subjetivo de Mike. Aún hoy recuerda Billy cómo tuvo que suplicar a Mike para que le asignara ese viaje a Kenia y todavía le cuesta reconocer que no fue allí porque fuera mejor que sus compañeros, fue allí porque era amigo de Mike y no supo decirle que no.
Aquella tarde habíamos quedado para ver “las otras fotos”; las fotos que siempre traía Billy de sus viajes y que nada tenían que ver con el propósito de éste, fotos costumbristas que a los amigos nos encantaban y que narraban la verdadera historia de los viajes del fotógrafo. El aeropuerto Jomo de Nairobi, el viaje a Nderu, las escuelas y los Jeeps que se paran y te dejan en la cuneta, tirado: “in the middle of nowhere”.
Y fue allí, en medio de la nada, donde empieza esta historia, porque la siguiente foto de nuestra sesión de diapositivas fue una instantánea de la caseta del perro del buen samaritano que recogió a nuestro amigo.
Y fue allí, en medio de la nada, donde empieza esta historia, porque la siguiente foto de nuestra sesión de diapositivas fue una instantánea de la caseta del perro del buen samaritano que recogió a nuestro amigo.
-¡Para, para… Billy, vuelve atrás!, ¿Tienes más fotos de eso?
-¡Claro tío!, tengo un montón de fotos, la perrita Alemana se llamaba Sinfonía y se hizo muy amiga mía en los dos días que tardaron en recogernos.
-¿Sinfonía?...¿quién llama así a su perro? - Joder Billy, parece que no me conozcas… del perro no, del coche. ¿Tú sabes quién es Munari?
-¿Yo qué sé quién es Munari?... Supongo que será el que grafiteó la puerta del coche antes de abandonarlo ahí y que sirviera de casa a Sinfonía. De todas formas, ¿a eso le llamas tú coche?
Creo que sí tengo algunas fotos en las que aparecen más trozos de ese cacharro esparcidos por la finca, pero no las tengo en esta presentación, ya te las sacaré…
Unos días después Billy me envió las copias de las fotos y si, parecía un Lancia Stratos y si, en el lateral del coche ponía S. Munari. Y no, Munari no era un moreno grafitero del Africa profunda sino el Campeón del mundo de Rallyes de 1977 y una de las primeras grandes estrellas del entonces incipiente Campeonato del Mundo de Rallyes.
Había que investigar, ¿era posible que Sinfonía durmiera en un coche de Rallyes de 500.000 dólares olvidado en un poblado en el medio de la Sabana Keniana?
Billy, que se había cachondeado de mí aquella tarde. En realidad había fotografiado y preguntado por cada trozo de aquel cacharro mugriento. Me contó que Matu, el encargado de la finca, le había dicho que por lo que él sabía unos italianos lo habían dejado allí haría unos 15 años; pero que el dueño de la finca sabría algo más.
Más tarde Karani, al que poco parecía interesarle el coche, le narraba cómo durante el Rallye Safari de 1976 unos “italianos” habían tenido un accidente cerca de allí y le habían pedido que guardara el coche en la parte de la finca que tenía cerrada. Al día siguiente vendrían los mecánicos a recogerlo.
Así fue, al día siguiente volvieron los mecánicos, pero no se llevaron el coche, le quitaron, motor, ruedas, ejes, frenos, caja de cambios, suspensiones, interiores y se marcharon.
El resto del coche se quedo allí, bajo la promesa de que volverían a recogerlo en unos días y le “agradecerían” el servicio prestado. 15 años después ningún italiano había vuelto por allí a agradecer nada y Sinfonía había adoptado aquel engendro como su vivienda.
Billy, que se había cachondeado de mí aquella tarde. En realidad había fotografiado y preguntado por cada trozo de aquel cacharro mugriento. Me contó que Matu, el encargado de la finca, le había dicho que por lo que él sabía unos italianos lo habían dejado allí haría unos 15 años; pero que el dueño de la finca sabría algo más.
Más tarde Karani, al que poco parecía interesarle el coche, le narraba cómo durante el Rallye Safari de 1976 unos “italianos” habían tenido un accidente cerca de allí y le habían pedido que guardara el coche en la parte de la finca que tenía cerrada. Al día siguiente vendrían los mecánicos a recogerlo.
Así fue, al día siguiente volvieron los mecánicos, pero no se llevaron el coche, le quitaron, motor, ruedas, ejes, frenos, caja de cambios, suspensiones, interiores y se marcharon.
El resto del coche se quedo allí, bajo la promesa de que volverían a recogerlo en unos días y le “agradecerían” el servicio prestado. 15 años después ningún italiano había vuelto por allí a agradecer nada y Sinfonía había adoptado aquel engendro como su vivienda.
La excitación era máxima, si de verdad era posible, estábamos ante la posibilidad de recuperar uno de los míticos Grupo 4 del campeonato de Mundo de Rallyes.
Había que verificarlo y, para esos raros coches y sin una foto clara del número de bastidor, la única opción era acudir con las instantáneas a un experto que, con la promesa de confidencialidad máxima, debía estudiar la posibilidad de que el coche fuera un vehículo de carreras pata negra del equipo Oficial Lancia para el Rallye Safari de 1976.
Había que verificarlo y, para esos raros coches y sin una foto clara del número de bastidor, la única opción era acudir con las instantáneas a un experto que, con la promesa de confidencialidad máxima, debía estudiar la posibilidad de que el coche fuera un vehículo de carreras pata negra del equipo Oficial Lancia para el Rallye Safari de 1976.
Pero medio millón de dólares son muchos dólares y las palabras se las lleva el viento, en un par de días, la noticia corría como la pólvora por revistas, clubes de clásicos y cualquier lugar en donde hubiera un corrillo de aficionados a los clásicos o los rallyes, parece una locura pero es cierto, antes de Internet la gente que compartía aficiones se reunía, hablaba y se veía las caras de vez en cuando. ¡Cómo han cambiado las cosas desde entonces!, pero el caso es que el coche ya se encontraba totalmente fuera de nuestro alcance, había trascendido el mundo de los aficionados con chequera limitada que suplen esa carencia con trabajo, estudio y mucho sacrificio, y había entrado por la puerta grande en el mundo de los clásicos de “verdad”, ese en donde los coches no son “chismes”, sino “unidades” y no se venden, los subasta Shoteby´s.
Tendríamos que seguir esta historia desde un segundo plano. Adiós al viaje a Kenia: “si ya no hay coche, no vamos a ir...”. – pensaba mi chica. Adiós a mi única oportunidad de tener un Grupo 4 - pensaba yo…
Al revuelo inicial le siguió una ola de escepticismo y un informe definitivo cuyas conclusiones eran que el coche era una réplica y el señor Karani no era mas que un listillo que quería endosar esos restos como si fueran un auténtico Lancia Stratos ex Munari.
Se encontraron diferencias en los códigos de colores de la pintura del coche, en las distribuciones de la publicidad de los patrocinadores, en pequeñas partes del chasis que diferían del modelo original... Y se dió por zanjado el tema.
Billy al menos pudo vender las fotos a una revista alemana de coches que publicó un reportaje hablando del hallazgo y haciendo escarnio de aquel Keniano y su increible historia sobre un Lancia Stratos abandonado en Kenia.
Nuestras ilusiones, nuestro viaje a Kenia, nuestro descubrimiento…eran un timo.
Al revuelo inicial le siguió una ola de escepticismo y un informe definitivo cuyas conclusiones eran que el coche era una réplica y el señor Karani no era mas que un listillo que quería endosar esos restos como si fueran un auténtico Lancia Stratos ex Munari.
Se encontraron diferencias en los códigos de colores de la pintura del coche, en las distribuciones de la publicidad de los patrocinadores, en pequeñas partes del chasis que diferían del modelo original... Y se dió por zanjado el tema.
Billy al menos pudo vender las fotos a una revista alemana de coches que publicó un reportaje hablando del hallazgo y haciendo escarnio de aquel Keniano y su increible historia sobre un Lancia Stratos abandonado en Kenia.
Nuestras ilusiones, nuestro viaje a Kenia, nuestro descubrimiento…eran un timo.
Pero como no puede ser de otra manera, no acaba aquí esta historia. Unos años después, allá por el 2010, un restaurador Italiano, comentó a sus colegas que había hecho una jugada maestra, había comprado los restos un Stratos en Kenia, ya los tenía en su taller y estaban siendo restaurados con piezas de otros Stratos de calle que había ido recogiendo.
La risotada fue general porque todos parecían conocer esta historia menos él. Pero el sr. Narini iba preparado, conocía la historia, y sabía que sería él el que se iba a reír de la concurrencia.
Nunca se había podido quitar de la cabeza aquel amasijo de hierros que había visto en la revista alemana, en un Safari en Kenia, casi 20 años después, había ido a ver los restos de aquel chisme y se había traído una foto de la pequeña chapa de aluminio con el número de chasis.
Sus colegas pudieron comprobar que ese número de chasis coincidía con uno de los aproximadamente 300 Stratos construidos por Lancia en Turin.
Así pues los restos eran auténticos, de un Stratos, pero aun así habia algo en la historia que seguía sin encajar.
Nunca se había podido quitar de la cabeza aquel amasijo de hierros que había visto en la revista alemana, en un Safari en Kenia, casi 20 años después, había ido a ver los restos de aquel chisme y se había traído una foto de la pequeña chapa de aluminio con el número de chasis.
Sus colegas pudieron comprobar que ese número de chasis coincidía con uno de los aproximadamente 300 Stratos construidos por Lancia en Turin.
Así pues los restos eran auténticos, de un Stratos, pero aun así habia algo en la historia que seguía sin encajar.
El número de chasis no se correspondía con ninguna unidad que hubiese competido en rallyes en ningún equipo satélite de Lancia y mucho menos con el equipo oficial, ese número de chasis coincidía con una versión de calle, un Stradale.
El sr. Narini siguió regocijándose en su triunfo y explicó que cuando volvió de Kenya y comprobó el número chasis, él mismo se hizo esa pregunta, pero que había podido hablar con alguno de los integrantes del equipo Lancia oficial de esos años, incluso con el propio Munari.
Éstos le explicaron que el coche no estaba registrado como coche de competición por Lancia porque ¡¡¡nunca había competido!!! Había sido utilizado solo como coche de reconocimiento. Era un muleto pero, como era costumbre en los equipos oficiales de la época, los muletos y el coche de carrera eran idénticos y llevaban la misma preparación, por lo tanto, el coche del sr. Karani era un Stratos Gr 4 oficial auténtico.
Las diferencias en la pintura y en el acabado del chasis tenían fácil explicación. Un muleto normalmente no salía en los medios, detalles como la pintura o algunos acabados no se miraban tanto como en los coches que corrían.
Las diferencias en la pintura y en el acabado del chasis tenían fácil explicación. Un muleto normalmente no salía en los medios, detalles como la pintura o algunos acabados no se miraban tanto como en los coches que corrían.
La cierto es que el sr. Narini había ganado… 35 años después el coche volvió a Europa y el sr. Karani tuvo su recompensa de manos de un italiano.
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Agradecimientos: al gran Snijers, que nos puso en la pista de esta historia...






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